¡Virgen de Piedraescrita, socórreme! (2ª parte)

Uno de nuestros protagonistas, Andrés, a caballo durante su época de guarda mayor. /A. M.
Uno de nuestros protagonistas, Andrés, a caballo durante su época de guarda mayor. / A. M.

El autor nos narra una visión sobre el desastre de Annual, en la que participaron dos campanarienses que, aún herido uno, pudieron salvarse

ANTONIO MIRANDA TRENADOSocio fundador de Valeria

Pincha para leer la primera parte.

Cuando Abd el-Krim y sus harcas, después de tomar varias plazas, inician el camino para aproximarse y poner sitio a Annual, el General Silvestre se da cuenta de la gravedad de la situación pero ya es demasiado tarde. El ejército enemigo cuenta con más de quince mil hombres, mientras que sus huestes no llegan a los seis mil. A los primeros les invade el ánimo de vencedores que les da fortaleza para luchar con denuedo y conquistar lo que consideran suyo. Por el contrario, los soldados españoles, procedentes de las quintas de reemplazo sin apenas preparación militar, mal alimentados y peor vestidos y calzados, en el mejor de los casos con alpargatas o abarcas, desmotivados por el escaso o nulo interés que les supone ganar aquella guerra y asustados por las noticias que les llegan sobre el trato sanguinario que el enemigo les aplica, están más preocupados por huir de aquel infierno que por cualquier otra cosa.

En el campamento de Annual apenas si contaban con víveres para tres o cuatro días, reservas de agua para menos y municiones para una jornada de combate. Les llegan mil ochocientos soldados de refuerzo, pero la situación se complica aún más cuando conocen que el enemigo ha aumentado su contingente en dos mil. Ante tal estado de cosas, el General Silvestre decide reunir a sus oficiales para tomar una decisión. Tras una rápida deliberación se resuelve ordenar la evacuación del campamento adoptando la determinación de replegarse en otros fuertes cercanos. Comienza la retirada bastante ordenada al principio, pero los rifeños, adivinando las intenciones del mando de nuestro ejército, se habían adelantado y habían cortado los senderos y caminos para la huida. Bien posicionados en las partes más altas de aquel accidentado terreno para impedir fácilmente las salidas, no tenían más que esperar a que se pusieran a tiro para hacer blanco seguro sobre los atemorizados soldados. Los grupos de evacuación, más o menos organizados hasta entonces, sorprendidos por aquella inesperada estratagema, comienzan a disgregarse sin orden ni concierto, haciendo caso omiso a las órdenes de los oficiales que les guían. El desorden dio paso al caos que se hizo general en breves momentos. El pánico comenzó a apoderarse de nuestros soldados que veían cómo el campo se iba sembrando de cadáveres. No sabían por dónde huir ni de qué manera hacerlo, porque detrás de cualquier risco o vericueto surgía la descarga mortífera de las armas enemigas. Como diría el profesor Seco Serrano: «La retirada se convirtió en desastre y el desastre en carnicería». Así, los que lograban superar las líneas de fuego enemigas corrían enloquecidos, muertos de miedo, tratando de ponerse fuera del alcance de las balas de los envalentonados y feroces cabileños.

En medio de toda esa confusión, consiguieron nuestros paisanos superar la letal hilera de fuego a discreción que tantas vidas jóvenes estaba masacrando. Pasó primero Manuel, pero con la mala fortuna de caer alcanzado por un disparo lejano que le impactó en una pierna. En los primeros instantes, recurriendo a la escasa resistencia física que le quedaba, comenzó a caminar a la pata coja para tratar por todos los medios de seguir alejándose de aquel escenario de muerte, pero al poco le fueron faltando las exiguas fuerzas que finalmente empleó en huir arrastrándose hasta que no pudo más. Había oído hablar Manuel del despiadado trato que aquellos bárbaros guerreros proporcionaban a los vencidos y le horrorizaba pensar que él podía ser uno de los que lo sufrieran. Sabía también que en el estado en que se encontraba era imposible que le socorrieran porque en aquel inesperado y espantoso desconcierto cada uno trataba de salvarse a sí mismo y no a los demás. Perdió, pues, toda esperanza de salir con vida de aquel trance a no ser que se produjera un milagro. Y no vio otra alternativa que la de agarrarse a su fe para encomendarse a Dios. Comenzó a musitar oraciones de manera intermitente, sin esperar otra cosa que no fuera la aterradora presencia del rifeño empuñando su gumía para acabar con él. De pronto, sin ni siquiera pensarlo, como si se tratara de la espontánea respuesta a un íntimo y misterioso estímulo, comenzó a gritar angustiosa y agitadamente con la más fuerte voz que le permitía su penoso estado: «¡Virgen de Piedraescrita, socórreme!»

Oyó Andrés los gritos lacerados que imploraban el auxilio de la Virgen de Piedraescrita. De la Virgen de su pueblo. De su Virgen. De aquella a la que él, precisamente en aquellos momentos, en su loca carrera de estampida, venía pidiendo que le ayudara a alejarse de aquel horrible lugar y del fuego mortífero que no cesaba de segar vidas. Miró en la dirección de dónde venían los gritos y vio que procedían de una persona tendida en el suelo, al parecer herida, que se encontraba un poco adelantada y casi en su trayectoria. En un primer momento pensó no detenerse ya que, en aquellas circunstancias, cualquier demora, por pequeña que fuera, podía significar perder el pellejo. Pero a medida que avanzaba, las invocaciones con el nombre de Piedraescrita, pronunciadas repetidamente por aquella lastimera voz, le conmovieron de tal manera el ánimo que, despreciando el peligro que sobre él se cernía, se revistió de un intrépido valor y resueltamente, con una audacia, más bien temeridad, sorprendente e inesperada en ese momento, se acercó al herido.

No habían tenido el mismo destino y por tanto no se veían desde que se separaron cuando llegaron a África para incorporarse cada uno a su unidad. Pero inmediatamente se reconocieron.

- Pero hombre, Manuel, eres tú… ¿qué te ha pasado? Oí el nombre de la Virgen de Piedraescrita -hablaba Andrés sin dejar de jadear por el agotamiento, entrecortadamente- y me he dicho ese tiene que ser de mi pueblo… y mira quién es…

- ¡Ay! ¡Andrés! Sí, sí, soy yo. ¡Y estoy herido! ¡Qué mala suerte! A punto ya de llegar a terreno más seguro y fíjate. ¡Me arde toda la pierna! ¡Me estoy quedando sin sangre! ¡Vete tú, sálvate, Andrés! Al menos que no caigamos los dos. Cuenta a mi familia lo que ha sucedido y diles que me acordé mucho de ellos en esta hora y que pedí a la Virgen de Piedraescrita que me ayudara a morir en paz.

Manuel, casi desfallecido y en el estado en que se encontraba, creía que sin ayuda alguna su paisano poco podía hacer por él. Por eso le pedía que se alejara del peligro. Porque hasta allí podría llegar algún proyectil perdido. Y las detonaciones, mezcladas con los lamentos y llantos de los heridos, los gritos, las voces, las maldiciones, los chirridos de las ruedas de las cureñas y los bufidos de los mulos que tiraban de ellas, formaban un pavoroso estruendo. Manuel estaba ya resignado a su suerte; posiblemente creía que la herida era más grave.

Sin embargo Andrés no estaba dispuesto a dejarlo allí. Poca ayuda esperaba, porque los que pasaban cerca no atendían a nada más que a salir, cuanto antes mejor, del mortífero espacio que batían las armas de los violentos indígenas. De manera que, sin pensarlo dos veces, arrojó su espingarda para que no le estorbara, cogió a Manuel por las axilas, lo levantó y, como pudo, lo cargó sobre sus hombros, al mismo tiempo que decía:

-Mejor vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a salir de ésta, Manuel. Yo no te puedo dejar aquí de esta manera. ¡Que sea lo que Dios quiera!

Era Andrés un joven de mediana estatura y fuerte complexión y en condiciones

normales le hubiera costado menos esfuerzo caminar con aquella carga, pero notaba el agotamiento físico, derivado de las hostilidades y enfrentamientos que venían soportando desde hacía tiempo y de la deficiente alimentación que les suministraban. Pretendía rebasar la línea de alcance del fuego enemigo y encontrar allí, en un espacio más seguro, a quien pudiera ayudarles.

-Me parece que estamos fuera de peligro…, de momento, Manuel. -dijo Andrés mientras le depositaba suavemente en el suelo, después de haber andado, con muchas dificultades, un buen trecho y al observar que los demás iban parando o aflojando la apresurada marcha para recuperarse del esfuerzo realizado huyendo de aquel escenario de muerte-.

-¡Esto ha sido un milagro de la Virgen, Andrés, de nuestra Virgen de Piedraescrita! -se le ahogaba la voz y lloraba a lágrima viva-. ¡Sin duda! ¡Sin duda!, ¡Andrés! ¡Un milagro! -repetía incesante-.

- ¡Desde luego que sí! Ella ha sido la que me ha dado fuerzas para llegar hasta aquí; yo no creía que pudiera conseguirlo. -Andrés resollaba y sudaba abundantemente su rostro como consecuencia de la fatiga por el afán y el coraje que estaba poniendo. Miró la herida-.

- La bala te ha rozado bien pero parece que no es muy profunda la herida, aunque habrás perdido bastante sangre… Vamos a ver si encontramos a quien nos pueda echar una mano para alejarnos de aquí y curarte.

Y así fue. Y los dos regresaron a casa, sanos y salvos, cuando les llegó la hora de licenciarse. Y aquí, en Campanario, en nuestro pueblo, volvieron a sus ocupaciones habituales y andando el tiempo formaron sus respectivas familias y hasta la actualidad llega su descendencia. Andrés Carmona Díaz consiguió emplearse en la Hermandad Sindical Mixta de Labradores y Ganaderos, antiguo Sindicato y luego Cámara Agraria Local. Fue Guarda Rural y llegó al cargo de Guarda Mayor. Manuel Cabanillas Varela estudió Magisterio y abrió una escuela privada que tenía una estimable asistencia de alumnos sobre todo en las vacaciones de verano. Permaneció aquí bastantes años y acabó emigrando con su familia.

Nota del autor.- Las guerras que el ejército español sostuvo en el norte de África, en el primer cuarto del siglo XX, culminaron felizmente para España con el desembarco de Alhucemas en septiembre de 1925. Esta operación militar, preparada y dirigida por el General Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, se tomó como modelo para llevar a cabo el desembarco de Normandía, decisiva victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.