¡Virgen de Piedraescrita, socórreme!

Vecinos campanarienses con sus compañeros durante la mili. /MIGUEL PAJUELO
Vecinos campanarienses con sus compañeros durante la mili. / MIGUEL PAJUELO

«Una vez al año, aquellos domingos llenaban el pueblo de sensaciones diferentes. Los mozos, que 'habían entrado en caja', esperaban el sorteo para conocer su destino de servicio militar»

ANTONIO MIRANDA TRENADO

Una vez al año, aquellos domingos llenaban el pueblo de sensaciones diferentes. Los mozos que habían 'entrado en caja' estaban esperando que se produjera el sorteo para conocer el lugar al que habrían de incorporarse con el fin de cumplir con el servicio militar que entonces era obligatorio. Era el sistema mediante el que se nutría de soldados el Ejército español: el reclutamiento de quintas de reemplazo que introdujeron los Borbones con su llegada a España a principios del siglo XVIII. Se llamaba así porque en sus primeros tiempos se elegía un varón de cada cinco, o sea un quinto, palabra que quedó como sinónimo de soldado. Este procedimiento vino a sustituir al utilizado en nuestro país hasta entonces que, con excepción de los antiguos tercios o los mercenarios, consistía fundamentalmente en enrolar por medio de levas a gente menesterosa, marginados y vagos o delincuentes en cumplimiento de alguna condena.

En el Negociado de Quintas de cada Ayuntamiento se confeccionaba anualmente una relación con los datos personales de los mozos que, habiendo cumplido la edad de veinte años a lo largo del anterior, y después de pasar una sencilla revisión médica, resultaran «útiles para el servicio»; es decir, aptos para 'hacer la mili'. Estas listas se mandaban a la Caja de Reclutas de la respectiva capital de provincia y allí se llevaban a cabo las operaciones del sorteo a través del que se asignaba a cada mozo la plaza que en suerte le tocara.

En la época a la que nos vamos a referir, España se había quedado sin sus posesiones en el Caribe y en el Pacífico, Cuba y Filipinas. En su afán de buscar una alternativa a los restos del imperio colonial perdido, nuestro país, ya entrado el siglo XX, pone el énfasis de su política exterior en consolidar la posesión de los territorios que tiene en el Norte de África para disuadir a algunas potencias europeas, como Alemania y Reino Unido, que habían iniciado una política de expansión territorial en este continente, y sobre todo a Francia que, con Argelia y Túnez ya en su poder, deseaba ampliar sus dominios hacia el Norte. España consigue entrar en el reparto colonial de 1904 y en la Conferencia de Algeciras de 1906 se hace cargo del control político y administrativo, en la modalidad de Protectorado, de la zona Norte de Marruecos, el espacio más accidentado geográficamente, con las montañas del Rif, y precisamente por ello el menos sometido.

La precariedad política y el desgobierno existentes en el territorio marroquí, entre otras causas, provocaron que la población rifeña se rebelara ante los intentos de colonización de los europeos dando lugar a numerosas operaciones bélicas. La guerra de Melilla fue un claro ejemplo de ello. Representó además un sonado fracaso militar debido no solamente a las decisiones equivocadas de los mandos, sino también a la escasa o nula preparación y experiencia de combate de las tropas españolas. El desastre del Monte Gurugú y el del Barranco del Lobo, con gran número de bajas y una notable pérdida de vidas humanas, vinieron a confirmarlo.

Tuvieron mucho eco en toda España estas contiendas militares y tan graves consecuencias -entre ellas la Semana Trágica de Barcelona- que desestabilizaron la política interna del país hasta el punto de derrocar al Gobierno del conservador Antonio Maura y poner en entredicho la confianza en la Monarquía, representada a la sazón por Alfonso XIII.

De modo que con la macabra perspectiva de este escenario de inseguridad permanente en la demarcación de nuestro Protectorado, el Domingo del Sorteo, el 'día del sorteo' de los quintos en nuestro pueblo –imagino que igual en los demás- adquiría un significativo tono de tinte melodramático, puesto que las plazas españolas del Norte de África estaban al fatídico alcance de los mozos que tuvieran la mala suerte de recibirlas como su destino. Tanto fue así que llegó a generalizarse como costumbre en este día el intercambio de visitas entre los miembros de familias allegadas o amigas para acompañar y consolar a los que tenían hijos que habían recibido la 'mala nueva' de incorporarse a filas en África. Hasta las canciones con que los jóvenes llenaban ese día las calles llevaban letras de negros presagios que privaban del sueño a las madres y encogían con el temor su corazón: «Si te toca te jodes, / que te tienes que ir, / que tu padre no tiene / para librarte a ti». (Se refería a la injusta medida, vigente en aquella época, de redención del servicio militar mediante el pago de determinadas cantidades de dinero). «Porque me ha tocao a Melilla / me llaman el pobrecito / como si Melilla fuera / sepultura pa los quintos». «No temo irme a Melilla / ni a que una bala me mate /; yo temo que a mi Morena / algún chulo me la engañe». «En el Barranco del Lobo / hay una fuente que mana / sangre de los españoles / que murieron por la Patria».

A pesar de todo, el 'Día de los Quintos' en Campanario era efectivamente una fiesta; sobre todo porque había que celebrar la buena suerte en contraposición con la mala. Incluso los jóvenes afectados por el aciago destino también se unían a la jarana, aunque el sentimiento y efectos de su lamentable circunstancia no dejaban de manifestarse a lo largo del día de juerga, desahogándolos con algunas lágrimas que, en su favor, solían achacarse a la llorona borrachera. También era para celebrar el hecho de que, por este motivo, el mozo que se incorporaba a filas como recluta volvía a casa «hecho un hombre» puesto que, en la mayoría de los casos, era la primera ocasión que se les presentaba para la práctica de la convivencia fuera de su domicilio y para desarrollar una usual y básica capacidad de respuesta a las exigencias de la vida, más complicadas que las relaciones cotidianas y sencillas que se mantenían con la propia vecindad.

En estos o parecidos ambientes anduvieron nuestros personajes, Manuel y Andrés, cuando les llegó la hora del domingo de su sorteo, porque siempre se celebraba en este festivo día. El azar les mandó a la temida África en donde tendrían que servir a la Patria y al Rey durante los tres años que duraba el servicio militar activo en aquellos tiempos.

Comenzaban los años veinte del anterior siglo. Desde la Comandancia General de Melilla decidieron llevar a cabo ciertas actuaciones militares con el fin de pacificar parte del territorio del Rif hasta llegar a la bahía de Alhucemas, en cuyas cercanías se encontraban las cabilas más violentas. El General Manuel Fernández Silvestre se encargó de dirigir la arriesgada operación tomando el mando de las tropas españolas entre las que se encontraban Andrés y Manuel, los dos jóvenes de nuestro pueblo. El primero trabajador del campo y el segundo estudiante, quienes iban a sufrir calamidades sin cuento en esos combates que formaron parte de la llamada guerra del Rif, un episodio más de los que se incluyen dentro de la denominación general de la Guerra de África.

El éxito acompañó en los primeros meses de campaña, avanzando con rapidez en la conquista y sometimiento de las tribus rifeñas. Los enfrentamientos no pasaban de ser simples escaramuzas en las que apenas se disparaba algún tiro. Este rápido avance produjo un cierto optimismo hasta en los que, desde el principio, no vieron oportuno que se llevara a cabo esta operación, como el General Dámaso Berenguer y Fusté, Alto Comisario de España en Marruecos. Pero esta pasajera ilusión pronto se iba a desvanecer debido principalmente a varios errores tácticos cometidos por Silvestre, entre los que destacan el de no desarmar a las tribus de las zonas ocupadas y en disgregar a parte de sus tropas en grupos reducidos, situándoles en blocaos o pequeños fortines bastantes distanciados entre sí y con grandes dificultades para autoabastecerse sobre todo de agua, tan escasa en la región. El grueso del ejército siguió hasta el campamento base instalado en las inmediaciones de la población de Annual, nombre con el que se conoce a uno de los mayores desastres sufridos por las tropas españolas en toda su historia. Este Desastre de Annual, 22 de Julio de 1921, constituye el núcleo de una serie de adversas acciones guerreras que en torno a él se producen y que se extienden hasta el 9 de agosto del mismo año.

Un miembro de la importante cabila de Beni Urriaguel, Abd el-Krim, funcionario de la administración colonial española en Melilla, consiguió convencer a varias tribus de que era posible derrotar a las tropas invasoras y en seguida logró reunir fuerzas suficientes para emprender las primeras ofensivas. Unas veces por medio de asedios, otras recurriendo al asalto de las posiciones o utilizando la modalidad de guerra de guerrillas, las tropas rifeñas alcanzaron triunfos decisivos sobre las españolas. Estos fracasos, debidos, además de los factores citados, a otros de orden estratégico, entre los que cabe citar la mínima y ridícula valoración que, en el inicio, Silvestre concede al enemigo, confiado en exceso de su propia superioridad, hacen que los indígenas vayan apoderándose del espacio que anteriormente les había sido ocupado. La moral de victoria crece tan desproporcionadamente en los rifeños que acaban aplicando una atroz crueldad sobre los soldados españoles una vez vencidos e incluso sobre los que acaban rindiéndose. La conquista de cualquier posición se ve culminada con una explotación del éxito tan exagerada que les lleva a pasar a cuchillo a los que sobreviven o a perseguir hasta alcanzar y dar muerte a los que huyen despavoridos… (Continuará en el próximo número...)

 

Fotos

Vídeos