Rafi Cano homenajea a su madre, como la última vecina de la calle Atrás

Niños jugando al clavo en el Torronquero en los años 70./JUAN SÁNCHEZ HUERTAS
Niños jugando al clavo en el Torronquero en los años 70. / JUAN SÁNCHEZ HUERTAS

Esta profesora y escritora campanariense relata en su artículo para Hoy Campanario los recuerdos de su infancia

RAFAELA CANO y REDACCIÓN HOY CAMPANARIOProfesora y escritora

LA ÚLTIMA VECINA DE LA CALLE ATRÁS

La calle general Sanjurjo de mi infancia era una calle de niñas, sin puesto de ultramarinos, sin coches, sin pozo, sin altozano y con una sola procesión, que, aunque, no tan vistosa como las de Semana Santa o el Corpus Crhisti, era igual de ilusionante. Así, el primer domingo de octubre, día del membrillo, las vecinas abrían de par en par las puertas de sus casas para honrar a la Virgen del Rosario, mientras las niñas lanzábamos al cielo las cariocas multicolores y poníamos color en el sencillo acto, en una calle sin aceras y casi de una sola hilera de casas, pues la otra la ocupaban las puertas falsas.

Era, sin embargo, una calle de mulas y de juegos de invierno y de verano, en la que las muchachas venidas de las calles aledañas: Sevilla, Cruz Nueva, Calvario o Carrera jugábamos a las «batitas» o al «agarrá» en las tórridas tardes y noches de verano; o a la soga o la goma en las lluviosas de invierno en el Torronquero, interrumpidas sólo con el silbato de El Pirulí que con su carrito multicolor atiborrado de piruletas, palotes, ruedas de regaliz o chicles Bazooca nos convocaba a su alrededor.

Una calle de fachadas enjalbegadas y puertas con postigo a través del cual, siempre entornado, las mujeres de luto veían pasar la vida, con sus pañuelos negros en la cabeza y la sonrisa congelada en sus rostros, y las niñas, subidas al travesaño, veían pasar sus sueños esperando a vivirlos.

Siempre me dieron envidia esas puertas con postigos. Mamá, ¿y por qué nosotros no tenemos postigo? Mi padre, hija, que vio la puerta en un retrato de la casa del administrador de Badija y la puso igual. Y yo culpaba a ese desconocido administrador de privarme de esa ventana para contemplar nuestro mundo sin salir de casa.

Pero, sobre todo, la calle general Sanjurjo era una calle de mujeres, con sus nombres, sus apodos y sus artículos: Las Pérez, La Catalina el Serio, La Inés de Loreto, La Guadalupe de Ildefonso, la Inés del Señorito, Las Canas, Las de Agapito, Las de Chiripa, La Juana de Juanete, la Juana de Arévalo, La Pepa de Gurriato, La Magdalena de Miranda, La Antonia el Tordo. No puedo recordar muchos de los nombres de hombres que vivían allí. Sin embargo, el recuerdo de mis vecinas aparece nítido en mi memoria. Vecinas todas de mucho trato en verano y discretos saludos en invierno.

Eran las mujeres las que acicalaban las casas pintando las baldosas, con mazarrón o polvos bonitos comprados en las carpinterías de Juanito Bote o Juanito Cano, de barniz o pintura negra las pequeñas rollizas que formaban dibujos en todo el pasillo central, o dando brillo a los baldosines con petróleo de la Juanita del petróleo.

Recuerdo a mi vecina Francisca Pérez regando las rollizas de su casa con un pomo agujereado y el frescor que la inundaba cuando terminaba.

Eran ellas, también, las que mantenían limpia la calle con sus salidas al alba en verano escoba en mano; las que, a la caída de la tarde y cuando ya las mulas habían vuelto del pozo Nuevo o los Pocillos, las regaban con agua fresca del pozo para arrebatarles el calor de la siesta. Porque la calle era más suya en verano.

Entonces, sacaban las sillas bajas de aneas o las mecedoras y salían a conocer el mundo. No necesitaban viajar, ni Facebook, ni twiter para saciar su sed de noticias, de historias de su mundo reducido.

A veces, las vecinas de las puertas falsas acudían también a la llamada de la conversación vespertina: La Inés de Tortilla, la María Julia, la Inés de Patrón o la María Casimira, pero las sentíamos extrañas, como si no pertenecieran a nuestra calle.

Pero un día, y casi sin darme cuenta, el tiempo comenzó a llevarse mi infancia a la vez que las vecinas empezaron a marcharse de puntillas, sin ruido, igual que habían vivido, y la calle general Sanjurjo comenzó a cambiar, como si al marcharse para siempre cada una de ellas se quisiera llevar un trocito de su calle.

Primero fueron desapareciendo los rollos que fueron (¡ay, aquellos que nos permitían hacer el gua!) tapados por el industrial alquitrán; luego, hicieron inútiles aceras que nadie utilizaba; cambiaron el nombre a la calle, devolviéndole el antiguo, calle Atrás; convirtieron nuestro querido Torronquero en un jardín en pendiente con una moderna cabina telefónica, y los «doblaos», lugares misteriosos de duendes y juegos en las siestas, fueron convirtiéndose en calurosos pisos dónde era imposible conciliar el sueño en verano; comenzaron a desaparecer las puertas falsas, transformadas ahora en modernas cocheras, a la vez que la calle se llenaba de coches.

Algunas casas abandonadas languidecen llenándose las fachadas de desconchones y los tejados de hierbajos. Ahora algunas de ellas son derribadas para construir modernas y confortables viviendas.

Con el adiós de Paco Chiripa la antigua calle general Sanjurjo se ha quedado más huérfana que nunca. Sólo mi madre, La María de Badija, resiste como el último bastión de una generación de vecinas que cuidaron y vivieron su calle.

Mi madre, que fue la vecina más joven, ahora, a punto de cumplir 95 años, se ha convertido en la última vecina de la calle Atrás.

NOTA DEL AUTOR: Quiero dedicar este artículo a mi madre, que en el mes de septiembre cumplirá 95 años.