Anastasio Pajuelo ha sido narrador de la Romería de Piedraescrita. / HOY

Once años dan para una más que sobrada experiencia emocional

En nuestra romería hay fe y sentido religioso para el que quiera verlo. Hay entrega y compromiso para los que ponen el corazón.

ANASTASIO PAJUELO
ANASTASIO PAJUELO Maestro jubilado

Once años presentando el desfile de carrozas y caballerías desde el balcón del Ayuntamiento. Once años sintiendo allá arriba el latido de los corazones de mis paisanos, su respiración agitada por la emoción del momento… Once años dan para una más que sobrada experiencia emocional. Y es verdad, se cambia de lugar, de trabajo, de amistades, pero nuestras raíces siguen prendidas en la tierra que nos vio nacer por muy lejos que nos encontremos. Y cuando el eco nos lleva el nombre de Piedraescrita se siente en el cuerpo un escalofrío sereno, mezcla de tristeza y esperanza, y nuestro pensamiento vuela a los Barrancos, el Guadalefra, el arroyo Cestero y tantos y tantos lugares que guardamos en la mochila de la infancia.

En nuestra romería hay fe y sentido religioso para el que quiera verlo. Hay entrega y compromiso para los que ponen el corazón. Es una manifestación cultural pero fundamentalmente religiosa y debemos protegerla del riesgo real de que se le secuestren esos valores y se convierta en un mero espectáculo de interés turístico.

Reseñar que esta festividad no está reñida, en modo alguno con el baile del cuerpo y el cante del alma que algunos puedan considerar como un estrato pagano. Más bien habría que considerarlo como una oración o una manifestación de religiosidad popular manifestada a través de unos valores: fe, amor y devoción hacia nuestra Patrona mediante un culto sencillo, espontáneo y peculiar. Todo ello compensado y comprendido con los rasgos propios de nuestra tierra: entusiasmo, alegría, fervor... en definitiva, fiesta popular.

Los Barrancos se llenaron de vecinos y visitantes para disfrutar de la jornada campestre junto a la ermita. / SOL GÓMEZ

En nuestra romería también hay tradición, y me refiero a mantener una llama que se enciende hace varios siglos y que generación tras generación se preocupa de mantenerla encendida.

Y por supuesto hay belleza y arte. Contemplar el colorido y majestuosidad de esta manifestación resulta tan fácil para quienes están en contexto, como difícil para quienes jamás se encontraron con semejante estampa.

Si juntamos a todas estas cosas el comportamiento y la prudencia que siempre han caracterizado a nuestra fiesta tendremos el cuadro perfecto en el marco también perfecto de nuestra tierra.

Pero para un romero, romería es también las visitas a la Virgen en las mañanas claras de verano cumpliendo una promesa. La vela que se prende para pedir o agradecer cualquier favor. Las flores frescas que se depositan a sus plantas. La lágrima que se desliza por la mejilla al contemplarla. La jaculatoria que sale del alma en los momentos de angustia. El rosario callado entre los dedos con la mirada puesta en Ella. El suspiro que se escapa del pecho ante su imagen. La mirada de petición a su estampa en la cabecera del enfermo. La salve musitada en la penumbra.

Los romeros acudieron para dar gracias a la Virgen durante la Romería. / SOL GÓMEZ

Son momentos de cantes, de sonrisas, de miradas cómplices con las que no es necesario decir nada porque entendemos nuestro sentir, de tragos frescos ofrecidos por manos amigas. En nuestro corazón nos acompañan aquellos que nos dejaron y otros muchos ausentes que aunque deseosos con todo el alma no pueden hoy acompañarnos. Porque a veces, hay momentos en que los cantes abren sus venas de dolor y de lágrimas, y la sangre del recuerdo se derrama por la herida abierta. Son los momentos en que un gesto o una palabra encienden los mecanismos de la memoria, y la ausencia de algunos seres queridos abre un paréntesis de tristeza en medio de la fiesta.

Pero hay que ir avanzando, mas poco a poco que no queremos llegar pronto, así que vamos retomando el camino tantas veces recorrido y en el que resuenan un sinfín de coplas, de fandangos y el eco de tantos y tantos romeros que durante años hicieron el camino y que quizás ya no estén con nosotros.

Vividla, sentidla, disfrutadla con pasión y devoción como lo han hecho nuestros ancestros y como lo seguirán haciendo los nuevos romeros que nacen y crecen bajo la protección de nuestra patrona.

Esa historia la hemos escrito entre todos: los que fueron, los que somos y los que serán. Porque así es el eterno misterio de la vida, y aunque se vayan perdiendo continuamente eslabones de la cadena, sigue y seguirá existiendo la esencia de esta romería.

Y es que nuestra romería es algo que llevamos en la sangre. En un escrito de 1540 se habla que desde hacía bastantes años se venía celebrando una romería al santuario de Piedraescrita. Al principio, se celebraba el martes de Pascua, siendo cambiada al lunes a mediados del siglo XVIII. Otro dato de interés es que por causas aún desconocidas, estuvo sin celebrarse desde 1840 hasta 1895, además de los años de la Guerra Civil (1936-1939).

Existía una costumbre que aún persiste en las personas de más edad, como era la de rezar una salve en la casa de «Los Millaeros», por ser el primer lugar desde el que se daba vista a la ermita. Cuando se hizo la carretera, esta costumbre cambió de escenario siendo ahora el lugar conocido como 'La Caseta' donde se empezaba la salve, por los mismos motivos que el lugar anterior.

DESDE EL CORAZÓN

Que me pongan por sudario

un abrazo de mi madre

y el aire de los Barrancos.

Fluye el arroyo Cestero

silencioso y somnoliento

con un misterio en sus aguas mezcla de lágrima y viento.

Murmurando el Guadalefra, eternamente a la espalda,

lleva entre sus barbas viejas

canciones de luz y plata.

Un camino de colores,

una llama que suspira,

rezos, guitarras, canciones.

Esa es nuestra romería.

Llantos por los que se fueron

y abrazos por los que llegan.

Romero, siempre romero

de esta virgen «Barranquera».

Cerros de pizarra y viento,

veredas adormecidas

llenas de coplas perdidas

fundidas en un lamento.

Y se muere de contento

el pastorcillo inocente,

que cuando tu mano siente

cruza el arroyo Cestero

y allá en tu ermita un «¡Te quiero!»

repite el eco durmiente.