Una segunda madre para muchos campanarienses

Josefita, que está a punto de cumplir 95 años, en su casa. /CEDIDA
Josefita, que está a punto de cumplir 95 años, en su casa. / CEDIDA

A Josefa Gómez Sánchez la conocen en Campanario de forma cariñosa como 'Josefita la Comadrona'. Como profesional de la Sanidad, sólo hay una frase para definirla: amor incondicional a los vecinos y a su profesión

Fran Horrillo
FRAN HORRILLO

En la memoria colectiva de los pueblos, siempre permanecen durante años y en el recuerdo de varias generaciones personajes entrañables y queridos. Este el caso en Campanario de Josefa Gómez Sánchez, más conocida como 'Josefita la Comadrona', que fue la primera persona en ver la cara de muchos vecinos en el mágico momento de nacer.

Josefita tiene en la actualidad casi 95 años. Es hija de Josefa Sánchez, la comadrona, y de Gregorio Gómez, guardia civil, por lo que seguramente carecía de mote. Se casó con José Escudero Fernández, José Pingote, a los 27 años, enviudando a los 84 años. Tuvieron cuatro hijos: José María, Gregorio, Ana y Francisco Javier.

Junto con su madre, fueron matronas diplomadas universitarias. Su madre por la Universidad de Salamanca y ella por la de Sevilla. Con esta formación rompieron la práctica de partos atendidos por parteras y comadres sin acreditación y con praxis arcaicas.

Como profesional de la sanidad tan sólo hay una frase que le califique: amor incondicional y dedicación a los vecinos y su profesión.

De hecho, podría llegar a estar tres días sin dormir, por haber estado trabajando de noche y de día repartiendo cuidados, entusiasmo y amor entre el pueblo y su familia.

Un amor y respeto que hoy le devuelven los vecinos y que su familia agradece, a pesar de tanto tiempo transcurrido desde su jubilación.

Por ellas, madre e hija, pasaron dictaduras con rey y sin rey, directorios militares y golpes de Estado varios, reyes, alcaldes, repúblicas, revoluciones, una guerra civil, el año del hambre y la democracia. Pero ellas sólo estaban a lo suyo: que la madre tuviera una horita lo más corta posible y que el recién nacido viniera al mundo sano. Y, a ser posible, hacer que tuviesen los ombligos más bonitos de Extremadura y, con hilo de seda y alcohol, procurar que las niñas tuvieran los agujeros de los lóbulos de las orejas en el lugar exacto, para poder lucir en la romería de Piedraescrita los zarcillos de oro de la abuela.

Josefita comenzó a ejercer como matrona en 1956, acompañando a su madre y adquiriendo esos conocimientos que no se aprenden en la Universidad. Años difíciles en los que compaginó su profesión con la maternidad, pero nunca dejó de asistir a una parturienta, a un bebé con ictericia o a un ombligo herniado. Y muchas veces a padres novatos nerviosos que lloraban desconsoladamente.

Ella ejerció solamente en Campanario, aunque en sus últimos años de profesional tuvo que compartir su labor con el Hospital de Don Benito-Villanueva de la Serena, donde también fue muy reconocida su labor.

Cuando necesitaban sus servicios, el padre, el cuñado o algún vecino iba a avisarla a su casa, andando, generalmente de noche, con tormenta o calores, agua o granizo, en el pueblo o en la majada o chozo, en mitad de La Serena, si el parto de la pastora se adelantaba y no le daba tiempo a llegar al pueblo.

Durante el parto, ella hacía todas las labores, sin ATS o auxiliar. Desde el tratamiento psicológico de la parturienta y familiares, hasta las primeras asistencias al neonato. No faltaron las maniobras de obstetra porque el bebé venía de nalgas o con vuelta de cordón umbilical, hasta abrir los agujeros a la criatura o hacerle su primer corte de uñas, a veces a la luz de una palmatoria o un carburo.

Lo pasó muy mal en muchas ocasiones, pero siempre sacó esa fuerza interior para solucionar el problema o al menos intentarlo hasta la extenuación. Muchas veces el parto venía complicado, con hemorragias intensas en la madre o con sufrimiento fetal, pero la sangre de la matrona siempre estuvo dispuesta (es del grupo universal O negativo) o, con una maniobra de experta tocóloga, ponía en el buen camino al bebé.

A veces se encontró con bebés sin actividad vital, cianóticos o que habían tragado líquido amniótico o meconio, pero con buenas artes, práctica y pocos medios, doña Josefita aspiraba esas impurezas o masajeaba al bebé (a veces soltando unos buenos y benditos cachetazos) hasta que el estridente llanto de la criatura hacía sonreír a padres y familiares, que inmediatamente lloraban de emoción.

En alguna ocasión la avisaron porque un niño no se prendía al biberón y estaba siempre durmiendo. Fue llegar la comadrona y le detectó una hipoglucemia. Un contratiempo que solucionó con una aguja de coser calentada, con la que hizo un agujerito a la tetina del biberón. El niño devoró su primera leche…

También se le dieron casos de madres con insuficiencia cardiaca pariendo mellizos. A día de hoy son adultos y siguen paseando por el pueblo.

Mucha gente no podía hacer frente a los gastos del parto y a las medicinas, gasas, apósitos o, simplemente, una sopa caliente. Sin embargo, doña Josefita se hacía cargo de ello, procurando que nada faltase a la parturienta, y, muchas veces, a su familia.

Aún hoy, y a pesar de su avanzada edad, sigue recordando con cariño éstas y miles de anécdotas más, y hasta detalles de partos y pospartos cuando alguna vecina la visita.

Como curiosidad a su dedicación, en 2002, uno de los más prestigiosos directores de cine españoles, Víctor Erice, vino a pedirle consejo sobre cómo eran los partos rurales de entonces, justo cuando preparaba la película 'Alumbramiento'.

Un film rodado en blanco y negro, que presenta los primeros diez minutos de vida de un ser que va a quedar marcado por el momento y las circunstancias en las que nace, en 1940, en un pueblo del norte de España, durante la II Guerra Mundial. Después del parto y fundida con los sonidos del campo, una nana trata de consolar el llanto del recién nacido. Estos sonidos, llanto de bebé, del campo y la nana, que no sólo sus hijos escucharon, sino que también cantó a varias generaciones, hoy abuelos, hijos y nietos, le han acompañado durante una larga y provechosa vida.

Por todo ello, el pueblo de Campanario adora a Josefita, y mucha gente le dice aquello de «eres la madre con más hijos de Campanario». Y es que así la considera mucha gente: su segunda madre.

Al día de hoy ejerce de madre, abuela y bisabuela orgullosa, con esa sonrisa amplia y sincera que siempre la caracterizó, y siempre mirando de reojo la foto de José 'Pingote'.

 

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