«Me llevo a Campanario en un lugar muy importante de mi corazón»

Sor Victoria durante el acto en el que la nombraron Hija Adoptiva de Campanario. /P. J. M.
Sor Victoria durante el acto en el que la nombraron Hija Adoptiva de Campanario. / P. J. M.

Fran Horrillo
FRAN HORRILLO

Muy pocos en Campanario son los que conocen su verdadero nombre. De hecho, Valentina Rubio Diez pasa desapercibida entre la mayoría de los vecinos. Ahora, quien pregunta por Sor Victoria, tiene seguro referencias de esta religiosa que ha pasado 51 años desarrollando su labor pastoral desde el Hogar de las Hermanas de la Providencia de Campanario.

Ahora a sus 85 años, y con toda la pena de su corazón, ha dicho adiós al pueblo que la adoptó como una más, ya que en realidad ella es natural del municipio vallisoletano de Encinas de Esgueva. Nació en el seno de una familia de ganaderos, pasó buena parte de su niñez en la provincia de Palencia y aquí recaló en 1968. Y tras una intensa vida entregada a los demás a finales del pasado mes de junio se marchó al Hogar que las Hermanas de la Providencia tienen en Idiazabal (Guipúzcoa), donde las hermanas mayores reciben los cuidados de la comunidad.

Antes de partir a tierras vascas, HOY CAMPANARIO quiso compartir con ella un agradable encuentro en el que Sor Victoria se sinceró y rememoró los buenos momentos que ha vivido en nuestro pueblo.

--¿Recuerda cómo surgió su vocación?

--Yo tenía a mi hermana, que se había ido dos años antes que yo de religiosa. Pero yo no me fije mucho en ella, ya que siempre desde joven quise seguir la llamada de Dios y ser religiosa, así que mi vocación siempre la tuve clara.

--¿Le atrajo desde el principio Campanario? ¿qué le gustó más del pueblo?

-- Ya sabes que en la vida religiosa hacemos voto de obediencia y a mí me mandaron a Campanario. Y aquí he sido inmensamente feliz. He convivido con una gente agradable, simpática, cercana…Yo sólo puedo tener buenas palabras para este pueblo y sus vecinos.

--Muchos la recuerdan por su labor educativa, en esa escuela de párvulos. Seguro que guarda un buen recuerdo y muchos vecinos se lo recordarán ¿no es así?

--Sí. Vine para impartir, como fin principal, la educación infantil y dando clase en la escuela de párvulos estuve hasta casi cuando me jubilé, en 2007. Por mis clases han pasado padres e hijos. Y sin duda, muchos me lo han recordado siempre que nos veíamos por la calle. A algunos incluso los saludaba sin conocerles, porque han cambiado tantísimo…

--¿Y cómo la recuerdan?

--Yo si es cierto que he sido un poco recta dando clase, pero lo he sido por el amor que les tenía a los niños. A lo mejor venían al colegio y no se sabían poner el abrigo, pero a base de insistir al final acababan aprendiendo a ponérselo. Y así era con todo. Me he preocupado muchísimo por ellos, tanto por el lado humano como por el religioso. Con el único objetivo de que acabaran siendo buenas personas.

--También se volcó con la población femenina, con formación de cursos de cocina, corte y confección, mecanografía….

--Si es verdad. Y me acuerdo que muchos novios las esperaban a que terminaran los cursos que recibían aquí. Era una formación que tuvo una buena acogida en Campanario. De hecho, sólo en la costura llegamos a tener a más de cien jóvenes, y teníamos que hacer doble grupo. Hubo años de mucho jaleo. Ahora, sin embargo, la juventud está un poco más alejada de la religión y, por ejemplo, no sale un 'viva' de un joven a la Virgen ni queriendo. Están dispuestos a colaborar y a trabajar, pero se implican poco con la Iglesia.

--Y hasta sus últimos días ha estado visitando a los enfermos…

--Si, siempre me ha gustado visitar a los enfermos e impedidos, de los que te tengo que reconocer que he aprendido mucho, pues son muy cercanos y amables. Y esos valores siempre es bonito encontrarlos, aunque sea en las personas más débiles.

--En cuánto a catequesis y oración ¿es Campanario un pueblo religioso?

--Es religioso. Y prueba de ello es que las Clarisas llevan muchos años y allí fueron muchas madres. Y si a eso le sumamos nuestra labor cuando llegamos… Por cierto, que entonces no se recibía subvención alguna y recuerdo que teníamos que pagar cinco millones de pesetas a las maestras. Y desde el Hogar se cobraban apenas mil pesetas al que más y los que tenían becas ni siquiera pagaban. Por eso digo, que Campanario es un pueblo que siempre nos acogió muy bien.

--Ahora echará de menos a su Virgen de Piedraescrita ¿no?

--Pues sí. Es muy bonita la devoción que se tiene aquí por la Virgen de Piedraescrita y que cogemos las que no somos de aquí. De todas formas, yo ya me cuento como de aquí.

--Supongo que se va con la conciencia tranquila del deber cumplido ¿no es así?

--Eso por descontado. Con la conciencia muy tranquila. Aquí en Campanario he sido muy feliz y he gozado con todos.

--¿Qué es lo que más va a echar de menos de Campanario? ¿le da pena irse?

--Me da mucha pena. De hecho, en los últimos días pensando que me iba he estado muy llorona. Yo tendré que seguir viviendo mi vida religiosa, pero sin duda me llevo a Campanario en un lugar muy importante de mi corazón. Es un pueblo muy querido que no olvidaré jamás.

--¿Alguna persona del pueblo que le haya marcado o de la que guarde especial recuerdo?

--Aquí han tenido muchos detalles conmigo. Por tanto, nombrar a una o dos personas sería injusto. Yo me he sentido muy querida en Campanario por todos y yo les quiero a todos, porque se han dado a querer.

--Por cierto, ¿qué le parecen estos homenajes que le han rendido en Campanario? ¿se los esperaba?

--Para nada. La misa de acción de gracias sí, pero el título de Hija Adoptiva no me lo esperaba, ni lo soñaba. Incluso me dio un poco de disgusto, porque no supiera estar a la altura. Creo que han hecho de más por mí, ya que en definitiva yo simplemente he hecho lo que tenía que hacer. Estoy infinitamente agradecida.

--En Idazabal seguirá trabajando o ahora allí a descansar…

--Allí sin duda voy a estar más tranquila. Voy a poder descansar más, rezar más, leer más, pasear más… Y aunque haga alguna cosilla, no voy a tener ya ninguna responsabilidad. Lo cierto es que nadie me ha obligado a dar este paso, pero si sentía que con 85 años el Señor me pedía algo más en otro sentido. Además, el Hogar de la Providencia en Campanario lo dejo en muy buenas manos, con las hermanas Consuelo, Julia, María José y Antonia, ya que aquí nos quieren a todas mucho.