«Echo de menos el ambiente humano y familiar que se respira en el pueblo»

Francisco Díaz, conocido como Paco 'Andapalante'. /SOL GÓMEZ
Francisco Díaz, conocido como Paco 'Andapalante'. / SOL GÓMEZ

Francisco Díaz es uno de tantos emigrantes que marcharon de su pueblo hace décadas pero siempre que puede regresa a Campanario

Soledad Gomez
SOLEDAD GOMEZ

Aunque hace más de 50 años que se marchó de Campanario a Cataluña, Francisco Díaz, más conocido por todos como Paco 'Andapalante', regresa a su pueblo siempre que puede. El verano es la época ideal para pasar un par de meses cerca de sus paisanos. Un tiempo que aprovecha, como tantos emigrantes, para disfrutar de las fiestas y visitar a la Virgen de Piedraescrita. A sus 80 años, espera poder volver a su tierra muchos más.

--Si alguien dice el mote 'Andapalante' sin duda sabe a quién se refiere. ¿De dónde viene ese nombre?

--El apodo viene de varias generaciones atrás, porque se lo pusieron a mi abuelo José, siguió con él mi padre y ahora yo. Como en todos los pueblos cada cual tiene su mote, y el mío viene a raíz de que mi abuelo estuvo en una guerra, a cuyo término el gobierno español, a él y otros soldados, los repatriaron a Madrid. Como no traían dinero encima y seguramente tampoco habría el ferrocarril Madrid-Lisboa se vieron andando hasta Campanario, recorriendo de cortijo en cortijo los casi 350 kilómetros. Cuando la cuadrilla decía de parar a descansar, por lo visto mi abuelo siempre decía que se había avanzado poco y que había que seguir caminando y gritaba 'Anda palante, hombre'. Así es cuando llegaron al pueblo y contaron las anécdotas del camino todos reían recordando como José les animaba a «andar palante».

--¿Dónde vive ahora?

--Vivo en Lleida a donde me fui en 1970. Allí estoy con mi mujer y tengo a mis tres hijas y cinco nietos.

--¿Qué le motivó a marcharse?

--Fue por motivos familiares, no buscando trabajo. Yo trabajaba en una de las mejores casas de pueblo que era la de los Bravo. Él era don Francisco Gómez Bravo y Martínez de la Mata y su hija doña Josefa Bravo, más conocida como la señorita Pepa y su marido don Mario Mera, que murió joven. Allí empecé muy joven, de muchachón, porque estaban mi padre y mi abuelo. Yo entré de vaquero cuidando dos vacas de leche que tenía la familia para criar a sus seis hijos, y también de tractorista cuando me saqué el carnet. Pero mis suegros estaban allí en Lérida y mi mujer estaba algo delicada y nos fuimos al abrigo de la familia. Allí he trabajado 34 años de camionero en una buena empresa. Y ya llevo más años en Cataluña que los que estuve en Campanario.

--¿Cada cuánto tiempo viene al pueblo?

--Solemos venir dos veces al año, una el Día de la Gira de Semana Santa, y otra en verano en cuanto les dan las vacaciones a mis nietos en el colegio. Antes nos veníamos solos los abuelos con los niños, y luego ya venían los padres. Y una vez aquí nos tiramos un par de meses.

--¿Aquí le queda mucha familia?

--Yo aquí tengo una casa, como mis cuatro hermanos, aunque dos ya fallecieron y me queda mi hermana que vive en Madrid. En realidad, aquí sigo teniendo algunos primos y sobre todo me tiran mis raíces. El coche cuando pasa de Navalmoral de la Mata ya viene prácticamente solo, se conoce bien el camino.

--¿Qué es lo que más echa de menos?

--Sobre todo a la familia que tengo aquí, las fiestas tan entrañables, la patrona de los campanarienses y en general la forma de vida. En los últimos años todo ha cambiado mucho en Cataluña. Allí, por supuesto, hay buena gente y tengo grandes amigos, pero el ambiente de independentismo que se respira en los últimos años es palpable y yo echo mucho de menos el ambiente humano y familiar del pueblo.

--¿De qué se acuerda cuando está lejos?

--Sobre todo me acuerdo mucho de mis padres, porque la crianza y noviazgo han sido aquí, incluso mi hija mayor, Inés, nació aquí y me la llevé con un año y pico. Y por supuesto de la patrona de Campanario y de la patrona de Extremadura. Hay un cantar que dice: la Virgen de Guadalupe la que más altares tiene, no hay persona en Campanario que en su pecho no la lleve.

--¿Es mejor la comida de aquí o la de allí?

--Pertenecemos al centro extremeño que hay en Lérida y pasamos mucho tiempo con los paisanos. Incluso hacemos una recreación de la matanza. Allí tiran más a una cocina más mediterránea, pero en mi casa las migas, los potajes y todo eso no faltan.

--¿Cómo acogen a los emigrantes cuando regresan al pueblo?

--La verdad es que a los emigrantes nos tratan muy bien, aunque hay algunos que dicen «Ya están aquí los emigrantes que vienen a encarecer las cosas», pero otros dicen «Qué bien que vengáis a abrir las tiendas y los bares y a dar vida al pueblo». La verdad es que yo estoy muy a gusto.

--¿Qué opina de las fiestas de agosto?

--Son estupendas y hay muchas actividades, pero ando buscando una noche que no sea eterna. Antes solo había una, y no se acudía hasta las diez de la mañana, pero ahora es todas las noches son eternas. Hasta mi nieto pequeña me dice al llegar al pueblo «abuelo, de aquí en adelante todas las noches vengo de día».

--¿En qué colabora cuando viene?

--Me gusta mucho participar en todo lo que se organiza para los mayores y con la Hermandad de la Virgen de Piedraescrita también. Coger a hombros a nuestra patrona y si es preciso recitarle una poesía o echarle un cante me llena de orgullo.

--¿Ha pensado en regresar a Campanario para quedarse?

--Eso es muy difícil, no creo. Lo habría hecho cuando me jubilé, pero había que echar una mano a las hijas con los nietos porque estaban trabajando. Yo se lo dije a mi mujer, que con la casa tan buena que tenemos y ahora que había dejado de trabajar, pero mi mujer decía que cómo dejábamos a los niños. Y ahora ya, aunque no nos necesitan, los que vamos a necesitar ayuda somos nosotros. No es plan de quedarnos en una casa tan grande y pasar el invierno los dos solos.

--¿Dónde le gustaría ser enterrado?

--Yo le tengo dicho a mi mujer que si me muero antes que ella que me traiga donde están mis padres y mis hermanos. Y ella dice que quiere estar donde estén sus hijos. Así es que, si es ella la primera en fallecer, pues me enterraré donde esté ella.