Navidad: tiempo de alegría, reflexión y solidaridad

"No nos contentemos con ser mejores, solamente, durante las dos semanas de Navidad, porque nos estaremos engañando"

Nacimiento de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Campanario. FOTO: Z. C.
TRIBUNA

Navidad es tiempo de alegría, sí; porque "el pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande y a los que habitaban en la tierra y sombras de muerte una luz les brilló". Esta alegría nuestra es porque nos ha nacido un Salvador. Sé que todas las personas no tienen el mismo credo, ni se mueven con estos principios. A mí me sostiene esta creencia, esta fe y estos principios; por eso me dirijo a quienes los comparten conmigo y a aquellos de buena voluntad que quieran leerme. Aunque, la verdad, sé que incluso los no creyentes y los autollamados agnósticos también celebran estos días de regocijo en honor de aquel en quien dicen no creer.

Recuerdo mi infancia, mis padres, mi familia, mis maestros, mis vecinos y mis amigos de la niñez. Recuerdo las calles empedradas de mi pueblo y la escasa luz que las mal iluminaba. Recuerdo sus casas todas blancas, el sonido de las campanas de la parroquia y el eco nocturno de los villancicos en la Nochebuena... Recuerdo las matanzas tan necesarias para el sustento familiar, las maquileras, el olor de las cochuras que impregnaba las calles, el de la leña quemada en los hornos y el de las jaras para las encendajas. Recuerdo tantas cosas...

¿Y cómo se van a olvidar aquellos días del "rebañito" cercanos a la Nochebuena en los que, poco a poco, íbamos aprendiendo los villancicos que nos han ido acompañando durante toda nuestra vida? Imposible. No puedo olvidarlo, ¿y tú?

El gran día iba acercándose a pasos agigantados casi sin darnos cuenta, y llegaba la gran noche de vísperas de la Navidad. La cena era especial, pero nada que ver con las pantagruélicas de nuestros días. Celebrábamos más la unión de la familia que la propia comida, aunque ésta era especial y la esperábamos como agua de mayo. Cantábamos todos con la alegría de niños al Niño que aquella noche iba a nacer. Misa del Gallo. Cantos especiales del coro parroquial desde la tribuna; después, adoración al Niño recién nacido. Explosión de alegría, panderetas, sonajas, almireces y zambombas. Voces infantiles de niños aturullados deseosos de visitar el portalito parroquial, con aquellas grandes y primorosas figuras, desaparecidas al paso de los años, que siempre recordaré. 

Días después, los Santos Inocentes, que no sabíamos a quiénes se referían, y nuestras alegres e inofensivas inocentadas, para terminar en la mágica festividad de los Reyes Magos con unos sencillos e ilusionantes juguetes. Para nosotros, los niños, no existían mayores problemas. Así de simple. Así de sencillo, ¿para qué más? Éramos los niños de los llamados "años de hierro" posteriores a la guerra.

Pasaron los años y a medida que nuestro cuerpo crecía, iba creciendo, igualmente, nuestro espíritu y nuestra mente. Nos íbamos haciendo hombres y mujeres con conocimientos más amplios y críticos, al tiempo que descubríamos otra Navidad distinta y más real que la que nos ayudó en nuestra niñez a acercarnos más a los misterios. Muchos se quedaron en ese infantilismo religioso y aparcaron su vida de fe 

en aquellos sencillos y rudimentarios conocimientos de niños, sin avanzar, sin ni siquiera rascar la corteza de la fe, sin profundizar como lo hicieron en sus conocimientos profesionales. Los trabajos, los negocios, los estudios de sus carreras, las tareas familiares les ataron con tal fuerza, que quedaron atrapados en las garras de las costumbres y la tradición vacía. ¿Somos mejores los unos que los otros? ¿Somos peores? Sólo Dios lo sabe.

Si hemos dicho que para el cristiano Navidad es tiempo de alegría, también lo es de reflexión, de solidaridad, de amor... Hoy nuestros ojos de adultos miran alrededor y observan que el pueblo, todavía, anda en tinieblas. Basta con mirar a nuestro entorno para percibir la oscuridad de las rencillas, de los odios, de los engaños, de los radicalismos, de la intolerancia, del relativismo, de la pobreza, del paro, de la exclusión social (que como dice el último informe de Cáritas hay más de once millones en España) y también de los desahucios, de la cultura imperante de la muerte, de la corrupción y de los pequeños y grandes  defraudadores. Y así... un largo etcétera.

Ya no somos aquellos alegres niños y niñas que fuimos. Ahora basta con abrir los ojos, nuestros ojos de adultos y mirar. Se nos encoge el corazón con lo que vemos. Si miramos al portalito se nos viene el recuerdo presente de aquellas tierras de Oriente Medio en guerras; si miramos a sus tierras vecinas las vemos en igual o peor situación y no entendemos cómo en nombre de Dios se están masacrando a las minorías que no piensan como ellos. Vemos que degüellan a seres humanos, incluso a niños, "poniendo sus cabezas encima de palos". Muertes de inocentes como ocurrió en tiempos de Heródes. Allí no hay sitio para los cristianos. Tienen que escapar de su tierra como ocurrió a nuestro Niño-Dios nacido en Belén, cuando con sus padres tuvieron que huir a Egipto en la persecución de Heródes.

Pero no hay que irnos lejos de nuestras fronteras para ver cómo el pueblo anda en tinieblas. Aquí no podemos culpar a otros de estas sombras. Los actores somos aquellos niños que cantábamos villancicos en nuestra infancia y que aún seguimos cantándolos en la madurez; sin embargo, yo quiero repetir las palabras de esperanza con las que comenzamos este artículo: "El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz (Jesús) y a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló". ¿Será verdad? Todo depende de nosotros, los creyentes en ese Niño-Dios próximo a nacer. Somos nosotros los que debemos llevar esa "brillante luz", esa Buena Noticia del Salvador a todos los rincones, los que debemos ser mensajeros e instrumentos de paz, con el mismo regocijo y entrega de aquel alegre y entusiasmado niño que cantaba villancicos, y con la entereza, aplomo y justicia que Jesús  -ya adulto-  nos exige en su mensaje. No nos contentemos con ser mejores, solamente, durante las dos semanas de Navidad, porque nos estaremos engañando. Jesús nos pide mucho más.