La siega

El autor rescata del olvido una faena del campo, la siega, que antaño era muy esperada por gran parte de la población

Agricultores segando en Campanario en la década de los 50. FOTO: JUAN SÁNCHEZ HUERTAS
TRIBUNA

Tan sólo han pasado unos cincuenta años y la palabra siega, que con tanta frecuencia se oía en nuestro pueblo durante los meses de mayo y junio, casi ha desaparecido, sólo se escucha en algunos mayores. Era lógico que  en un pueblo de agricultura de secano donde predomina el cereal, la siega haya sido la faena del campo que gran parte de la población esperaba con más expectativas. Por un lado, los agricultores pendientes de la recolección de la cosecha de aquellas semillas que con tanta ilusión sembraron ocho meses antes y, por otro, los obreros agrícolas que también pensaban en estos días por ser la época en que había más demanda de trabajo y, aunque la tarea era muy dura, la esperaban con satisfacción ya que ganaban mejores jornales. Para que no quede en el olvido esta actividad y los jóvenes de hoy y generaciones venideras conozcan el trabajo de sus antepasados próximos y sepan valorarlo, queremos rememorar cómo era la siega a mano que yo conocí cuando niño y adolescente.

Lo primero que se segaba en el mes de mayo era el grano gordo (habas, chíchares, veza, lentejas...) y la cebada. Las leguminosas se cortaban con el jocino (la hoz más pequeña) a ras del suelo y siguiendo un líneo (surco); lo hacían principalmente los adolescentes que se iniciaban en el oficio y  también las mujeres. Es un trabajo sencillo de realizar pero arduo por el dolor de rabaílla (extremo del espinazo) que se produce al ir tan encorvados. Después se segaba la avena y, a primeros de junio, los trigos, cuando ya estaban secos y bien granados, aunque dependía mucho de las condiciones climatológicas.

Al llegar la temporada de la siega, los obreros del campo iban por las mañanas temprano a la Plaza de España para ser contratados por los agricultores. Éstos si ya los conocían de otros años y sabían que eran buenos trabajadores los empleaban directamente siempre que se pusieran de acuerdo en la cuantía del salario. Habitualmente se solían juntar en cuadrillas de cuatro a ocho segadores. Los nuevos esperaban a que alguien los empleara.  Hecho el acuerdo, el agricultor los invitaba a tomar un café o copa de aguardiente en los bares cercanos: el de Juan de Galo, Bar Nuevo, Corea...Los primeros que eran contratados eran los que tenían fama y destacaban en la siega, siendo los que más ganaban. En plena fuga trabajaban todos, ya que el labrador quería acabar cuanto antes por miedo a que lloviera o hubiera una tormenta que arrasara la cosecha. Acordado el trabajo, marchaban a casa, cogían el burro y los avíos y se iban al tajo. Los que no tenían bestias iban andando. Tengo en memoria  aquella estampa típica de  los caminos llenos de bullicio de tantos trabajadores que a diario iban a realizar su dura labor durante mes y medio que duraba la siega del trigo.

Los segadores cuando llegaban al trigal se preparaban con los útiles necesarios para realizar la tarea con eficacia y seguridad. Se ponían la deíla, un tipo de guante de cuero, o madera y cuero, que cubría los dedos meñique, anular y medio de la mano derecha (a no ser que fuese zurdo) y se ataba en la muñeca con una cuerda; un deíl (dedal de cuero suave) que se ponía en el dedo índice, y una manga unida al  antebrazo mediante correas con hebillas. También se colocaban el antepecho (mandil de lona o cuero que cubría hasta media pierna). No faltaba nunca el sombrero porque era lo único que les podía dar sombra ya que en las tierras de las hojas de Campanario no hay árboles. Algunos se ponían un pañuelo en la frente para detener el sudor.

Para segar formaban collas (parejas) y, colocados en hilera con una separación   de dos a tres metros, mediante un movimiento semicircular del brazo, cortaban las pajas por debajo de la mano con la jos (hoz :instrumento compuesto por una hoja curva de acero y  mango de madera en un extremo) formando manojos que se iban agrupando mediante llaves de paja y formaban el llamado rampojo que se sujetaba con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. Con seis rampojos atados fuertemente con un vencejo (lazo que se hacía con un grupo de tallos largos de trigo) y haciendo un nudo por los extremos se formaba el jas (haz). De cada pareja de segadores, uno  preparaba el vencejo y otro lo ataba. Con quince haces formaban una carga. Los haces los dejaban en el rastrojo hasta que, acabada la siega, eran  transportados en carros a la era. Las espigadoras iban detrás de los segadores haciendo su trabajo.

El oficio milenario de la siega era el más duro de las tareas agrícolas por el calor sofocante que había que soportar en una larga jornada y yendo encorvado. El sudor era constante. En cada cuadrilla de segadores había un manijero que ordenaba cuando había que parar para descansar, beber o comer. Solían almorzar después de haber trabajado hora y media aproximadamente. Sobre las doce hacían una parada de un cuarto de hora para beber en el barril  y echar un cigarro (llevaban el tabaco picado en una petaca, liaban el cigarro y lo encendían con un chisquero de mecha). A las tres de la tarde merendaban (la comida habitual era chorizo, morcilla, tocino, queso, tortilla o huevo cocido, sardinas arenques y gazpacho). Echaban la siesta de una hora y media bajo la sombra  del serón y volvían a la faena. A media tarde, otro pequeño descanso y continuaban con el trabajo hasta el atardecer. A pesar de ser un una labor tan agobiante también echaban sus cantares, aunque dicen ellos, que cantaban más las espigadoras. Cuando regresaban al pueblo iban a casa del agricultor que les había contratado, se sentaban, tomaban unos vinos con aceitunas y altramuces de aperitivo y pasaban un rato de charla.

Al terminarse la cosecha de aquí iban a segar a otras zonas que tenían los trigos más tardíos. En plena campaña también venían a Campanario cuadrillas de otros pueblos.

En la década de los cincuenta llegaron las primeras segadoras; después las segadoras-atadoras y a los pocos años, las cosechadoras, que acabaron con este sufrido trabajo. La mayoría de los  obreros emigraron a trabajar a otras regiones.

Para recordar el desaparecido oficio que tan cotidiano fue en nuestro pueblo, las asociaciones culturales apoyadas por el Ayuntamiento podrían hacer un acto festivo  en el mes de junio, invitando a los segadores que aún viven a que realizaran una demostración en directo de esta faena y a la vez rendirles un homenaje.