Niños aprendiendo a hacer juncia en una jornada dedicada a la recuperación de tradiciones y viejos oficios.
Niños aprendiendo a hacer juncia en una jornada dedicada a la recuperación de tradiciones y viejos oficios. / F. H.

El devenir de las modas y tradiciones

  • TRIBUNA

  • «Guardemos de las tradiciones lo que verdaderamente es interesante y tomemos de las modas solo lo que valga la pena, teniendo mucho cuidado con el dirigismo que se nos quiere imponer desde esta sociedad tan descebredamente consumista»

Con el paso de los años, se fueron diluyendo serenatas, villancicos, zambombas, disfraces y panderetas y fue llegando la música disco, el reggaetón, la lambada… Se perdieron tradiciones y costumbres como la de tomar las uvas en la plaza porque llegó la moda de los petardos, los confetis, los baños de cava y los cotillones. Se perdió la Candelaria con sus pollos de corral y surgió San Valentín con sus jotas, rosquillas, botellones y discotecas y llegará pronto la jira con su actual moda de hacer el camino largo y sembrado de desperdicios… Y volverán a generarse los comentarios de todos los años.

Una vez pasadas las fiestas navideñas y aproximándose ya la Candelaria y la Comadrá, San Valentín y otras fiestas de guardar y de no guardar, me sorprendo preguntándome sobre el devenir de estos festejos con sus nuevas modas y sus tradiciones y de las discusiones que surgen en torno a ellos.

Todo me llega porque ogaño, durante las navidades, resurgió con fuerza la polémica- no exenta de universalidad- en torno a perros y petardos. Las voces en defensa de los perros sonaron más fuerte que nunca y los petardos, por fin, se silenciaron bastante. Hora iba siendo de que esta moda adoptada, ruidosa y peligrosa a la vez -y no solo para los perros- comenzase a detener su caminar trepidante.

Lo extraño para mí es que hayan sido los perros- esos fieles y maravillosos animales de compañía- los que hayan despertado tantas voces dormidas y no los bebes, los enfermos, los ancianos y otra tanta gente que los ha sufrido en silencio durante bastantes años.

Nada tengo en contra de los defensores del mundo animal. Apoyo y aplaudo sus iniciativas pero en esto, como en tantos otros asuntos, se ha extendido una especie de pandemia que ha contagiado a muchos con una especie de fanatismo desmedido en torno a estos u otros animales sacando los pies del tiesto y sin tener una verdadera conciencia general de lo que verdaderamente significa la defensa racional de todo el mundo animal- incluyo al hombre- y de la naturaleza en su conjunto. Pienso que algunos de ellos lo que verdaderamente hacen es dejarse llevar por corrientes y defender sus propios afectos, establecidos con sus mascotas o alguna raza animal específica o bien creados en grupos de opinión, y esto no deja de ser puro egoísmo.

Proteger y cuidar de la naturaleza y de los animales es necesario y loable, pero no olvidemos que cada especie cumple su rol en este mundo y, antes que nada, deberíamos interesarnos por la nuestra.

Una cosa no quita la otra, pero, por lo que se suele ver por las redes sociales, parece que nos resulta bastante indiferente o que olvidamos con frecuencia el hecho de que miles de personas y especialmente niños, ancianos y otras personas desvalidas sufran cada día daños irreparables por la desigualdad, el hambre, las guerras y otros conflictos y situaciones en los que mueren y por los que sufren, además, millones de personas. No estaría de más que también levantásemos la voz ante tantas barbaridades, al menos con la misma intensidad y frecuencia que ante el maltrato animal o su estrés por los petardos.

Pronto llegará la Candelaria, otra de nuestras fiestas prácticamente desaparecida, sobre la que Juan Sánchez Huertas escribió en este mismo medio un magnífico artículo. También antaño generó mucha polémica y muchos dimes y diretes sobre su crueldad y su salvajismo.

No pretendo desde aquí, ni mucho menos, apoyar su recuperación pero quisiera hacer reflexionar- sólo como ejemplo- sobre la vida de pollos y gallinas en esas granjas modernas, tan distintas de los antiguos corrales, en las que se fabrica carne para nuestro uso y consumo desmedido y en las que los animales sufren hacinamiento, estrés, asfixias y otros muchos problemas no muy “dignos” que les llevan a engordar en pocas semanas para terminar su juventud en la silla eléctrica y el garrote vil. Sería interesante entrevistar a los viejos pollos de entonces sobre cuáles serían sus preferencias.

Nada es estático, todo es un proceso, un ir y venir cambiante, sometido a la transformación y, así, lo que ayer se veía como fiesta hoy puede ser barbarie o gamberrada. Pero no olvidemos que ni lo pasado siempre fue lo mejor ni lo presente es ninguna maravilla. Y me ahorro hablar del porvenir.

Guardemos de las tradiciones lo que verdaderamente es interesante y tomemos de las modas sólo lo que valga la pena, teniendo mucho cuidado con el dirigismo que se nos impone desde esta sociedad tan descelebradamente consumista. Aprendamos a ser más libres y a colocar un filtro de sentido común al devenir de los tiempos, eligiendo bien las prioridades de la vida.

Polemizar y levantar la voz por las cosas pequeñas y cercanas está bien siempre que no nos dejemos llevar por afectos interesados y sin olvidarnos nunca de que las grandes, aunque ahora las veamos más de lejos, son más nuestras que las otras y, por desgracia, suelen rozarnos antes o después en mayor o en menor medida.

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