Campanarienses exigiendo el tren digno en Madrid.
Campanarienses exigiendo el tren digno en Madrid. / PAQUI SIMÓN

18 de noviembre, fun, fun, fun…

  • tribuna

  • «Si en 1866 fuimos capaces de descolgar las campanas y llevarlas hasta la estación, que estaba a 2,5 kilómetros, para tocarlas cuando llegara el primer tren, ¿qué era para nosotros ir a dar un paseo a Madrid?»

Hay multitud de imágenes que, desde principios de diciembre, van asomándose a la pequeña pantalla de televisión y que, con un propósito más comercial que festivo -que duda cabe-, van creando eso que se ha dado en llamar el espíritu navideño. El anuncio de la lotería, el de las burbujas del cava Freixenet o el de los turrones de El Almendro son algunos ejemplos. Entre ellos hoy me quedo con el recuerdo de este último, en concreto con la primera versión emitida a comienzos de los años 80. Quién no recuerda a esa joven que, con el petate al hombro, bajaba de aquel tren en una estación repleta de pasajeros en la que le esperaba su familia en mitad de la lluvia mientras sonaba aquella famosa sintonía: "vuelve, a casa vuelve, por Navidad…". Que suerte tenía la gachona de poder llegar a casa en tren...

Muy pocos jóvenes extremeños podían hacer entonces eso mismo sin correr el peligro de tener que comerse el turrón tirados en alguna estación intermedia o a bordo de un gélido e incómodo vagón averiado en mitad de un olivar. Y es que hace ya demasiado tiempo que los trenes en Extremadura empezaron a parecerse -si es que no lo hicieron siempre (véase el poema Compuerta de Chamizo)- a esas vías ferroviarias que se explotan sólo para el turismo. Aquellas en las que el convoy, a muy baja velocidad, atraviesa una zona de alto valor ecológico, cultural o paisajístico y en las que los pasajeros no dejan de hacer fotografías.

En Extremadura estamos concienciados de que somos muy pocos habitantes; y esto lo dice un emigrante a quien el corazón, no obstante, no le permite hablar de otra manera. Estamos acostumbrados a acudir a Madrid, Sevilla, Salamanca o Barcelona cuando nuestros familiares necesitan algún tratamiento médico especial o cuando nuestros jóvenes deciden estudiar alguna carrera que no se oferta dentro de la región. Somos conscientes de que hay ciertos recursos que, como españoles, hemos de compartir a nivel estatal. Sin embargo, hay otros que son fundamentales para el desarrollo igualitario de las comunidades autónomas, y el transporte -el tren en este caso- es uno de ellos.

Un poco de historia

Por ser paso obligado entre Madrid y Lisboa -que no por derecho ni deber- durante la segunda mitad del siglo XIX se construyeron en Extremadura varias líneas ferroviarias. Sus trazados, lejos de atender a las necesidades de los habitantes de la región, estaban sujetos a los intereses particulares de unos pocos empresarios y terratenientes. Una situación que no ha de extrañarnos pues el ferrocarril llegó a nuestra región -al igual que a otras de España- gracias a la financiación privada.

Pese a todo, la llegada del tren a nuestros pueblos abrió nuevas posibilidades económicas y de negocios. Negocios cuyo rendimiento, no obstante, quedó ligado en último término a las decisiones tomadas por las compañías propietarias de las vías.

Cuando en 1928 el estado español asumió la completa gestión de los ferrocarriles a nivel nacional, varias líneas extremeñas eran ya para entonces deficitarias. La reactivación del sector minero durante la II Guerra Mundial (1939-1945), alivió en parte aquel problema, pero el espejismo duró poco. La falta de inversiones en mantenimiento y mejora, sumada a la escasez de viajeros, hizo que durante los años cincuenta, sesenta y setenta el ferrocarril extremeño se fuera poco a poco hundiendo en el abismo, recibiendo el golpe de gracia el 1 de enero de 1985, día en el que el gobierno de Felipe González decidió cerrar todas las líneas que no cubriesen -al menos- el 23% de su coste.

Desde ese momento muy poco es lo que ha cambiado el tren en Extremadura. Es cierto que el vapor fue sustituido por el gasoil hace ya muchos años, y que algunas traviesas de madera se han ido cambiando por las de hormigón, pero poco más. Ni un solo kilómetro de línea electrificada, numerosas estaciones abandonadas, infinidad de tramos en los que el tren no puede circular a más de 40 kilómetros por hora, nada de doble vía, y de repente… el 8 de noviembre de 2003 a los gobiernos de Aznar y Durao Barroso se les ocurre "concedernos" el AVE. ¡De risa…! De pronto, en menos que canta un gallo, íbamos a pasar de una escasa comida al día; a tomar desayuno, merienda y cena -postre incluido. El atracón era inevitable, ¡y tanto…! Hoy, quince años más tarde, el AVE más común en Extremadura siguen siendo el gorrión (Passer domesticus), seguido probablemente de la cigüeña blanca (Ciconia ciconia).

18N, Madrid, Plaza de España

El huevo del progreso sigue sin eclosionar, las ecografías muestran a un AVE que nacerá con el ala oeste rota a la altura de Badajoz, sin las plumas remeras de Lisboa y que no podrá volar a la velocidad de sus hermanos. Un huevo que se enfría, se calienta y se vuelve a enfriar dependiendo de la temperatura que marquen los termómetros de la Carrera de San Jerónimo y del más o menos denso plumaje de las gallinas del corral que por aquel paraje defienden dos leones (no tiene pérdida, es ese).

Hartos de tantos despropósitos, de tanto zorro entrando y saliendo del gallinero, los extremeños decidimos reunirnos en la Plaza de España de Madrid el pasado sábado 18 de noviembre para manifestarnos y reclamar lo que por derecho nos pertenece: un tren digno. Nos da igual la marca y el color. Sólo queremos que funcione, que no se "agarrote" (como le dijo aquel revisor a Pepa Bueno), que circule; y que lo haga igual de bien, con sus defectos y virtudes, que los que ya existen en otras comunidades.

Desde Mérida y en tren -aún a riesgo de llegar tarde- salió ese día hacia Madrid la comitiva institucional formada por todos los integrantes del Pacto por el Ferrocarril (la Junta de Extremadura; los cuatro grupos parlamentarios de la Asamblea; las diputaciones de Cáceres y Badajoz; la Federación Extremeña de Municipios y Provincias de Extremadura; los sindicatos UGT y CCOO; y la Confederación Regional de Empresarios de Extremadura) encabezada por el presidente Guillermo Fernández Vara y distintos representantes del ámbito de la cultura. A ella nos sumamos miles de extremeños llegados prácticamente desde la totalidad de los pueblos de nuestra comunidad. Más de 600 autobuses fletados, entre ellos dos que salieron desde Campanario. Y es que, ¿cómo íbamos a faltar nosotros a un evento así? Si en 1866 fuimos capaces de descolgar las campanas de la iglesia del pueblo y llevarlas a hombros hasta la estación (que está a 2,5 kilómetros) para hacerlas tocar a la llegada del tren inaugural de la línea, ¿qué era para nosotros dar un paseo a Madrid? Y allí estuvimos, junto al resto de nuestros paisanos, pacenses y cacereños, todos a una, por nuestro tren.

***

Cosas de la vida, aquel día me tocó trabajar (viaje de estudios), pero en Madrid. Así que, mientras mis alumnos se acomodaban en el hotel, me acerqué hasta la Plaza de España para añadir mi rama al enorme nido que allí se elaboró y sobre el que los extremeños pusimos ese día un nuevo huevo. No sabemos si será AVE, pero SERÁ. Calor ya no ha de faltarle, pues desde 18N a la criatura la incubamos nosotros mismos. Ahora todo depende de nuestra perseverancia para que en una Navidad, no muy lejana, nuestros hijos puedan volver a casa en tren: cómodos, relajados, sin sorpresas, a tiempo para la cena familiar.

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