Cuento del Capitán Trueno.
Cuento del Capitán Trueno.

La caja de cuentos de la retalera

  • tribuna

  • «Cuando llegamos a la puerta vimos cómics y cuentos esparcidos por la calle y mi hermana y yo comenzamos a recogerlos. A partir de ese día las siestas dejaron de ser aburridas»

Suelen contestar aquellos que son preguntados acerca de cuándo empezó su afición a la lectura que no lo recuerdan, pero que debió de ser desde muy pequeños.

Yo, sin embargo, aunque no puedo precisar con exactitud el día, sí puedo decir el momento y el año en que los libros comenzaron a formar parte de mi vida.

La hora de la siesta era en nuestra infancia un tiempo mágico y terrible. Era la hora en que el hombre del saco se paseaba por las desérticas calles del pueblo llevándose a los niños que, incautos, osaban abrir las aldabillas y los cerrojos de las puertas para jugar en la calle en las tórridas horas de la canícula. Era también la hora en que los vecinos, que abandonaban el pueblo para irse a vivir a Getafe, Hospitalet o Baracaldo, vaciaban sus casas con sigilo como si no pudieran soportar la tristeza de despedirse de la calle en la que habían nacido.

Fue en una de esas siestas en que mi hermana y yo, desafiando la orden de mi madre, descorrimos el cerrojo y salimos a enfrentarnos a ese mundo desconocido y misterioso. Nuestra decepción fue inmensa al descubrir que el sol no se caía a cachos ni caían bichos como solía decir mi padre y, ni que decir tiene, que no había ni rastro del hombre del saco.

Sin embargo, nuestra tristeza duró poco, pues si bien nada de lo que habíamos pensado ver se mostraba ante nuestros ojos, sí descubrimos al final de la calle un remolque parado ante la casa de la Retalera.

A medida que nos acercábamos veíamos que no estaban vaciando la casa, sino sólo el doblao desde el que volaban cestos rotos, sillones desvencijados con las aneas deshilachadas, tinajas, cántaros…objetos que habían tenido quizás hasta ese momento un uso y que ahora sus dueños se deshacían de ellos porque ya no iban a necesitarlos y que, como pesos carentes ya de vida, aterrizaban con un sordo ruido en el suelo de madera del remolque.

Cuando llegamos a la puerta vimos cómics y cuentos esparcidos por la calle, y mi hermana y yo comenzamos a recogerlos. Desde lo alto del remolque un muchachón se asomó a un lateral.

-¡Eh!, ¿Os gustan los cuentos? Pues ahí va una caja.

Y sin esperar nuestra respuesta nos tiró a los pies una caja de cartón, que se deshizo al chocar contra los rollos de la calle desparramándose su contenido.

Entonces mi hermana, que ha sido siempre más espabilada que yo, me apremió para que recogiéramos los cuentos y cómo pudimos los metimos en la maltrecha caja y echamos a correr para nuestra casa.

-¡Pero si son cuentos de muchachos! -dijo mi hermana mayor al ver las portadas cuando se hubo levantado de siesta.

Sí, eran cuentos de muchachos y algunos muy antiguos, pero seguramente serían mucho más divertidos que los de niña de Amapola o Mesalina que habíamos leído hasta entonces.

A partir de ese día las siestas dejaron de ser aburridas. En una manta tendida en el suelo vaciábamos nuestra particular caja de Pandora y nos preparábamos para sumergirnos en otros mundos.Con Roberto Alcázar y Pedrín viajamos en lujosos transatlánticos y en larguísimos trenes para descubrir a los criminales y entregarlos a la justicia; con Don Z y El guerrero del antifaz soñamos con descubrir el rostro que se escondía tras la máscara mientras nos transportaban a exóticos lugares de Turquía o Túnez; Con El capitán Trueno y El Jabato nos enamoramos, con siete y nueve años, por primera vez y envidiamos a Sigrid de Tule o a la patricia romana Claudia, las eternas novias de nuestros héroes, mientras ellos, cual Quijotes, luchaban por un mundo más justo llevándonos a recónditos países nevados en globo o en camello a ardientes desiertos.

La caja de cuentos de la Retalera nos acompañó durante muchos años de nuestra infancia. Cada verano la bajábamos del doblao y la volvíamos a desparramar en la manta. No importaba que los hubiésemos leído cientos de veces hasta casi aprendérnoslos de memoria; cada siesta volvíamos a viajar con nuestros héroes y a vivir otras vidas de ensueño. Hoy, después de casi cincuenta años, las historias leídas y vividas siguen presentes en mi memoria y sé que conformaron el germen de mi pasión por los libros.

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