Niños jugando a los bolindres en unas jornadas de recuperación de las tradiciones.
Niños jugando a los bolindres en unas jornadas de recuperación de las tradiciones. / F. H.

Los veranos sin bolindres

  • tribuna

  • "Hace años, y no tantos, las tardes se atiborraban de niños y niñas en sus parques, calles y cualquier lugar donde se pudiese dar rienda suelta a la imaginación. Esa era la niñez de aquella época. Esa era mi niñez"

Campanario, en época estival, sigue siendo ese pueblo extremeño de sol abrasador, mesta, penillanuras interminables, olivos y cultivos de cereal. Mucho cultivo de cereal.

Un lugar rodeado de amarillo paja donde siguen, año tras año, volviendo aquellos hijos de emigrantes que abandonaron esta enigmática y castigada tierra por trabajo y que llenan de vida cada rincón de sus calles. Un pueblo que no ha perdido su arquitectura, costumbres, gastronomía, y menos aún, a su Virgen de Piedraescrita. Un pueblo que, por otro lado, sí ha perdido algo, aquellos niños jugando en la calle al repeón, a las chapas, a la pizarraya, a la guerra de globos o a los bolindres, entre muchos otros.

Hace años, y no tantos, las tardes se atiborraban de niños y niñas en sus parques, calles y cualquier lugar donde se pudiese dar rienda suelta a la imaginación. Esa era la niñez de aquella época. Esa era mi niñez

Aunque se me tache de nostálgico, hoy quiero recordar cómo jugábamos en Campanario antes de que las videoconsolas, móviles, internet o tablet nos conquistasen. Porque sí, aunque no teníamos estos instrumentos para pasar el rato, también sabíamos divertirnos, y mucho, aunque los jóvenes de hoy en día les cueste creerlo.

Los juguetes de antes eran mucho más simples y económicos para nuestros padres que los de ahora, como la peonza, con la que los niños y niñas jugaban atándola a una cuerda y haciéndola bailar incluso sobre la palma de la mano. Y no digamos nada de los bolindres, juego que consistía en introducir las canicas de colores en el “guas”, como se diría en esta tierra. Uno en cuclillas y otro en pie, siempre sobre algún sitio donde pudiésemos cavar un hoyo. El más rico del lugar era el que se llevaba la mayoría de ellos. Juegos que deberían ser declarados patrimonio de los niños.

Y no nos olvidemos de aquellos que no necesitábamos nada más que nuestra presencia, como 'a coger la calle que no pase nadie', 'pollito inglés', 'ladrón y policía', 'el pañuelo' o 'el escondite', por ejemplo, que se llevaba la palma de todos ellos.

Mención especial a la 'guerra de globos'. Niños y niñas batallábamos con agua por la conquista de los barrios vecinos. Nos sentíamos como los grandes héroes de la historia. Todo ello desde la máxima benevolencia e inocencia de la niñez, puesto que después no había rencor, ni animadversión entre nosotros. Niños y niñas disfrutábamos de tal riqueza de juegos populares que hoy en día es difícil de ver.

Éramos inocentes e intrépidos que soñábamos ser algún día como los protagonistas de los dibujos y series que nos embelesaban cada mañana: Oliver y Benji, Goku de Dragon Ball, Spiderman, Batman, Pippi Langstrump o Sailor Moonn.

No obstante, la culpa de que hoy en día no veamos por el pueblo a los niños jugar como antes no es culpa solo de los más pequeños. Los juegos, como todo en esta vida, dependen del contexto, del momento que uno vive. Y el momento ha cambiado.

Los juegos de ahora son otros, fruto de la lógica y conveniente evolución. A los niños de hoy probablemente creamos que estos juegos les parezcan ingenuos, infantiles e incluso aburridos, pero si les enseñásemos este tipo de actividades populares puede que disfrutasen casi como nosotros lo hacíamos en su momento.

Asimismo, es evidente que el niño actual juega con consolas sofisticadas e interactivas que manejan con una serie de pautas definidas que no sabemos si el protagonista es la máquina o el niño. El entretenimiento actual se limita en su mayoría al consumo de las nuevas tecnologías.

Deberíamos impulsar que los niños saliesen a la calle y jugasen a estos juegos, puesto que los más pequeños necesitan sociabilizarse tanto o más que antes.

Si a esa juventud se le da la posibilidad de poder competir como nosotros lo hacíamos, liberando adrenalina, se podría generar adultos menos impacientes, más cívicos, más imaginativos, con un mayor autocontrol, trabajo en equipo y mayor comunicación. Y para ello, no podríamos tener un mejor escenario que el pueblo en verano.

Ojalá y volviésemos a ver jugar en la calle a niños en nuestros atardeceres teñidos de rojo mientras las abuelas y madres toman el fresco. Actividad que consiste en sacar de noche las sillas a la calle, mirar al cielo, asombrarse de la cantidad de estrellas que se vislumbran y mantener conversaciones de cómo era todo en antaño y de cómo ha cambiado todo ahora.

Hemos sido afortunados de haber vivido veranos inolvidables e imaginativos. Creo que el individualismo y las nuevas tecnologías han eliminado el juego de la calle, y por ello, es tan bonito y entrañable recordar cómo nos divertíamos antes por el arrabal chico, los altozanos, los parques, el silo, las 'serillas' y demás lugares de este rincón de La Serena.

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