Mujeres vendiendo peces en Campanario.
Mujeres vendiendo peces en Campanario. / JUAN SÁNCHEZ HUERTAS

Las protectoras de animales

  • TRIBUNA

  • "El pobre pez parecía revivir por la fresca agua del pozo, aunque a los trozos de pan que le echábamos les hacía poco caso"

—¡Queriiiiiiis peceeeeeeeees!

La voz mañanera de la mujer pregonando la mercancía se colaba por las ventanas abiertas despertando nuestros fatigados cuerpos infantiles que, agotados y agostados por las intensas agarraíllas de la noche anterior, dormían plácidamente en los mullidos colchones de lana.

Mi madre, avisada por las voces de las vendedoras, salía a la puerta de la calle provista, al igual que las vecinas, de su plato de porcelana y se acercaba a las mujeres que, paradas ya, seguían pregonando la frescura del pescado.

—¡Andar muchachas, sacar los platos, que lo llevo bueno y barato!

Mi hermana y yo saltábamos de la cama y en camisón salíamos a la puerta como si fuésemos miembros infantiles de salvamento marítimo.

Soltando el baño y los cubos de cinc en el suelo, una de las mujeres colocaba el peso, y con una pericia profesional metía la mano en el cubo, agarraba los resbaladizos peces y con igual soltura los colocaba en el platillo de la enclenque balanza mientras la otra seguía con la cantinela:

—Queríiiiiiiiis boguéeeeeeeees!!!

Atentas al menor indicio de vida de los peces señalábamos una cola moviéndose o unas branquias abriéndose y cerrándose. Entonces la carpa acababa en el plato de mi madre.

Entrábamos en casa y nos apresurábamos a sacar unos campanillos de agua del pozo y echarlos al pilón que teníamos en el patio, pues según las vendedoras con el agua del grifo los peces morían.

El pobre pez parecía revivir por la fresca agua del pozo, aunque a los trozos de pan que le echábamos les hacía poco caso. Pero nuestra ilusión se desvanecía pronto, pues al poco rato, fuera por la impresión del agua fría o porque el animalito enloquecía por las vueltas en el pilón, comenzaba a abrir y cerrar la boca ante nuestros atónitos ojos que no sabían con certeza si el pez estaba disfrutando del baño o asfixiándose con uno de los pedazos esponjados de pan.

Pero hijas —decía mi madre mirándonos con condescendencia a mi hermana y a mí— ¿no veis que está dando las boqueás?

Con toda la frustración de la que nuestros infantiles años eran capaces sacábamos el cuerpo muerto del agua y se lo entregábamos a mi madre en una especie de cruel ceremonia de la que nos sentíamos culpables por no haber podido salvar, una vez más, al pobre animal y condenarlo a la sartén.

A veces el contenido de los cubos variaba y ahora eran ranas, lagartos, galápagos y erizos los que se vendían. Pero el ritual de la venta era distinto. Ya no había voces cantarinas, como si se quisiera ocultar el contenido de los cubos. No había balanza ni tantas vecinas salían con los platos.

Nosotras, asomadas al baño, veíamos ¡ay! lo que quedaba de las ranas y los lagartos, convertidas unas en lechosas ancas y otros en trozos blancucinos irreconocibles que en poco se parecían ya a los que veíamos en los libros de Ciencias Naturales. Sin embargo, los erizos y los galápagos venían vivos. Mi madre, nunca supimos por qué, tenía aversión a los erizos y nunca consintió en comprar uno para que con nuestro afán proteccionista lo cuidáramos. Otra cosa eran los galápagos. Siempre acabábamos con uno en el patio porque, según ella, era beneficioso para las plantas, y si algo había y hay en el patio de mi madre eran macetas. Así que el galápago, tras pasar por el pilón, al que considerábamos una especie de sala de reanimación, desaparecía en los arriates y no lo volvíamos a ver hasta que con las primeras lluvias aparecía en mitad del patio. Luego un día desaparecía para siempre, según mi madre porque el gato se habría dado un buen festín. Durante unos días mirábamos al gato asesino de reojo por si encontrábamos algún indicio del crimen, pero ni sus ojos ni sus bigotes nos hacían sospechar de él.

Cuando los charcos se adueñaban de las calles y nuestras botas Katiuskas rompían los carámbanos, las mujeres volvían, pero ya no pregonaban lo que vendían. Ahora, como si el frío del invierno les retuviese las palabras en la garganta, sus voces quedas se colaban por la puerta, recorrían el pasillo y llegaban en susurro hasta la última nave:

—¡Aguanieves y chorlitos, querís? Son de hoy.

Y ahí estábamos nosotras. Sin embargo, ahora no había nada que salvar. Los pájaros, sus cuerpos aún tibios de vida, aparecían ante nuestros ojos unidos por los picos con una caña de juncia, de dos en dos, como si la compañía les hiciera más llevadera la muerte. Mirábamos absortas las aguanieves con sus alas negras, su plumaje blanco en el vientre manchado de sangre, señal indeleble del anzuelo, y su moño coronando su cabeza; Mi madre, para consolarnos del fracasado socorro y sobre todo para que nos comiésemos luego el arroz con aguanieves (que dicho sea de paso estaba riquísimo) nos daba las patitas de los chorlitos con las que jugábamos tirando de un tendón para que se abriese y cerrase, y con las que disfrutábamos igual que si hubiéramos salvado a los pobres pájaros.

Era otra forma de entender la protección animal.

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