Los chalanes de Campanario

Llegaban los campanarios con las reatas de mulas bien preparadas por sus expertas manos, para deslumbrar al más avezado y exigente de los posibles compradores como ellos sólo sabían hacerlo

Tratantes de Campanario con su atuendo típico en una feria. FOTO: B. DÍAZ
TRIBUNA

Dos profesiones imperaron en Campanario hasta los años setenta del pasado siglo XX, la de carguero y la de tratante. Cuando en este singular pueblo de la comarca de la Serena se menciona la palabra cargueros, se está haciendo referencia a los que tenían por profesión la compra y venta de pimentón y de tripa seca para las matanzas principalmente. Contaban, además, con taller de elaboración de pleitas y de otros utensilios de esparto, las famosas esparterías, que contribuyeron de forma considerable al sostén económico de la población en años tan difíciles como fueron los de la época señalada. Había en Campanario unos cuarenta de estos talleres que daban empleo a más de mil mujeres.  Ya le dedicaremos un trabajo a esta actividad que tan importante fuente de ingresos fue para los campanarienses.

La palabra tratante, genéricamente, evoca a los que se dedican a hacer tratos, pero en Campanario especifica además que esos tratos son de ganado equino, especialmente mular que son animales híbridos nacidos del cruce de asno y yegua o caballo y burra, distinguiendo a los primeros con el nombre de mulo/a y yeguato/a. Los nacidos del segundo cruce, en Campanario recibían el nombre de romo/a y, en diferentes comarcas, burreño/a y burdégano/a. Los campanarienses profanos en la materia, generalizaban el nombre y solían nombrar a todas las clases como mulas.

El ganado mular es preferido al caballar como animal de carga, especialmente en los terrenos montañosos, yuntas agrícolas para el laboreo de tierras, reatas para el arrastre de carros por ser más resistente a la fatiga y a las enfermedades, más paciente y tomar alimentos que generalmente no toma el caballo. Prestaron servicio en todos los ejércitos del mundo y en todos los tiempos por su capacidad de acceder a cualquier lugar por escabroso que sea el terreno.   

Muchos fueron los campanarios, nombre con el que se les conocía en los rodeos de las ferias de los numerosos pueblos a los que acudían para comprar o vender mulas, según conviniese con arreglo a la fecha de celebración de los festejos.

Estaban dotados los campanarios de aptitudes idóneas para el trato en general y muy especialmente para el de este tipo de ganado. Prácticamente todos los agricultores del pueblo se dedicaban a esta actividad en mayor o menor intensidad, de la que algunos habían hecho auténtica profesión, por cierto, bastante lucrativa.

Curiosamente, en Campanario, aunque parezca una contradicción, no había feria con rodeo. Y tiene una lógica explicación. Lps que estaban presentes en los rodeos de todas las ferias de España y algunas veces llegaron a comprar hasta Francia, Portugal y Bélgica; no la hacían en su pueblo porque en él se vendían y compraban mulas todos los días del año. Era una feria permanente.

Se veían los animales en las cuadras y a continuación se hacía el trato. Esto conllevaba a un gran movimiento de ganado por todo el pueblo.  El aumento del movimiento ordinario de mulas en Campanario presagiaba la proximidad de una feria importante. Si este trajín era durante el mes de enero de cada año, la feria que se avecinaba no podía ser otra que la de Villanueva de la Serena que comenzaba el 2 de febrero. Eran frecuentes las escenas de mulas trotando por las calles de Campanario cogidas del cabestro por el mozo que corría delante mientras que detrás marchaba otro arrastrando una caña aplastada de un pisotón, que solía ser la de la escoba con el consiguiente enfado de la mujer de la casa. Y  entre el ruido de la caña, los gritos de los presentes y el abaniqueo que realizaban los presentes agitando las chambras cogidas con  sus  manos por los bordes con los pulgares dirigidos hacia dentro, los  animales exhibían un trote de larga zancada que con la cabeza erguida y con los rápidos movimientos, algo nerviosos por lo que veían y oían, aunque fuese un penco, daba la sensación  de haberse trasformado en un selecto ejemplar de la especie.

Tenía una gran ventaja hacer los tratos en las cuadras, pues si el animal comprado no satisfacía plenamente por las causas tan diferentes que después analizaremos, podía haber algún arreglo ya que los compradores solían ser clientes conocidos, incluso amigos. Las bestias compradas en las ferias, en cambio, no tenían devolución salvo que fuesen asmáticas (agüelfás) o vomitasen agua.

La chambra, el sombrero o la gorra y las alforjas  formaban parte inseparable del atuendo de los campanarios, tanto de los cargueros como de los tratantes, aunque en éstos había que añadir la vara larga o la garrota. Era la chambra una especie de blusa hasta la rodilla, abrochada en el cuello y sin solapas, de color negro en los de mayor edad y de tonos más claros en los jóvenes. Además de servir como protección a las otras prendas de vestir, formaba una barrera infranqueable con los chalecos y las fajas ante los numerosos carteristas que merodeaban por el rodeo: ¡campanarios, campanarios...esas fajas! solían exclamar ante la impunidad para sustraer sus carteras.

Llegaban los campanarios con las reatas de mulas bien preparadas por sus expertas manos, para deslumbrar al más avezado y exigente de los posibles compradores como ellos sólo sabían hacerlo. Varios días antes del comienzo de la feria, alquilaban las cuadras apropiadas al número de animales que habían llevado andando desde Campanario por el camino que, a través de La Coronada, conducía hasta Villanueva.

En las cuadras alquiladas contaban con paja y pienso para sus bestias y podían rellenar el jergón que, tumbado en el suelo de una de las habitaciones de la casa, sustituirían al llegar la noche a la más mullida cama. Todo estaba apalabrado, el pienso, la paja, la habitación y el arreglo de la comida, mientras que la compra en el mercado la hacían los campanarios a su costa. Esta estancia en Villanueva, que podía alargarse hasta diez días, suponía una fuente de ingresos considerable para sus vecinos ya que solía pasar del centenar el número de tratantes que acudía a la ciudad con cerca de un millar de mulas sólo de Campanario.

Algunos representaban a compradores de los más diversos puntos de España de los que ejercían  como corredores, llevando una comisión en los tratos realizados. Los había procedentes de Calatayud, representados por Juan Melitón; de la Mancha, por Antonio Carchena, mientras su hermano Fernando atendía a los valencianos...

Antes del amanecer ya estaban los campanarios en pie, recogían el jergón y, tras un vistazo a las bestias con pienso incluido, marchaban a dar agua, aprovechaban los blandones del terreno y embarraban las patas de las mulas para camuflar los bultos en la sobrecaña y en la sobremanoque, con el lodo, eran detestables solamente al tacto.

Cualquier falta detectada en los animales era justificación para el rechazo por parte del comprador o, al menos, para su depreciación y cuantos más defectos, mayor bajada en el precio.

Además del conocimiento de todas las triquiñuelas imaginables, los campanarios contaban con expertos herradores, los hermanos Francisco y Pedro Carmona más conocidos por los Maúros, verdaderos maestros en el arte de herrar, capaces de simular defectos al caminar cortando los cascos de determinadas formas y ocultar las cojeras. Si los herradores eran aventajados en su oficio no les iba a la zaga el necesario pelador, tan famoso, que era conocido por el remoquete de Esquila.

Cuando llegaban mulas del norte de la provincia de Cáceres, más bastas que las procedentes de Andalucía, con largo y tupido pelo (tapás) era necesario refinarlas y para ello Esquila erael mejor. Colocaba los grilletes en las  patas de la mula, el acial en los belfos y puesta en una estercolera donde se amortiguaba la caída, procedía a pelar a la tapá lomos costillares y barriga. La raya horizontal que se hacía alrededor sería a una altura conveniente, según se quisiese dar apariencia de más o menos talla. Las ancas se adornaban con los bigotes.

El gavilán, diente que salía a los machos a cierta edad, se les quitaba o se les limaba, según la edad que conviniera que aparentase. Para esta operación era necesario ayudarse de la escalerilla, artilugio de hierro en forma de escalera que le impedía cerrar la boca.

La molestia en la ranilla, frecuente en las bestias de regadío, se corregían con unas chapitas entre los extremos de la herradura y el casco. Las neguillas se marcaban con nitrato de plata...

Para tratar, los campanarios solían ir varios juntos y todos apoyaban ¡y de qué manera! si convenía al paisano.